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  • El arte de gobernarse a uno mismo en una mesa dividida

    El arte de gobernarse a uno mismo en una mesa dividida

    Los años electorales son funestos para mí. Las calles se transforman en una galería de pancartas con rostros y colores horribles; mi puerta se inunda de folletos innecesarios que, en mi caso, terminan en el reciclaje, pero en muchos otros, obstruyen las alcantarillas. Las redes sociales se encienden con una violencia e intolerancia desmedidas, y las conversaciones se tornan inmensamente aburridas y polarizadas… especialmente en el ámbito familiar.

    Mi interés por la política es un fenómeno reciente, nacido en la soledad de un pueblo lejano donde trabajaba en 2019. Fue allí donde empecé a desenterrar la historia de Colombia, viviendo un despertar tan inmenso como atroz: comprender que aquí, de forma directa o indirecta, todos somos víctimas de una violencia desmedida que arrastramos desde hace siglos. Una historia de nudos tan intrincados que parecen resistirse a cualquier solución. Nunca he sido de bandos ni de campañas, pero ese conocimiento me empujó a participar, a alzar la voz e incluso a dejar que esas ideas permearan mis canciones. En general, entre amigos y colegas mis pensamientos y deseos suelen encontrar resonancia, pero en el núcleo de mi familia es todo lo contrario.

    Durante esos años de campaña, sentía una lástima profunda al ver cómo el chat familiar se inundaba de noticias falsas o absurdas. Me abrumaba la ignorancia, el sesgo algorítmico de las redes y ese egoísmo ciego que prioriza las necesidades individuales sobre el dolor de los pueblos excluidos y oprimidos. Me dolía, con una urgencia física, la falta de conciencia ante el desastre medioambiental, empezando por mi propio pueblo, que se asfixia como uno de los más contaminados de la región. Era una pena honda descubrir que las personas más cercanas a mí, mi hogar, el clan al que pertenezco, interpretaban nuestra realidad desde un lugar tan opuesto al mío. Confieso que, en medio de esa impotencia y sin quererlo, terminé arrastrada a discusiones virtuales, lanzando palabras que pudieron herir a algún miembro de la familia por su postura ideológica.

    Fueron años políticamente agitados, tanto en lo local como en lo nacional, y a medida que los hechos transcurrían, mi pensamiento también se transformaba. Es evidente que somos una sociedad que anhela el cambio, pero no logro comprender cómo lo alcanzaremos si seguimos actuando igual desde la raíz del ser. En mis canciones y en cada concierto lo pregono como un mantra: el cambio nace desde lo más profundo. Si modifico mis actos, me convierto en un eslabón de esa cadena de transformación; para mí, todo parte del trato hacia uno mismo, que es, a fin de cuentas, la verdadera espiritualidad. Tal vez, si revisáramos nuestro diálogo interno, notaríamos que nos tratamos con una violencia silenciosa que refleja en lo cotidiano: hemos normalizado el consumo de alimentos procesados que no aportan nada al cuerpo; nos jactamos de lesiones deportivas en busca de un canon estético inalcanzable, y corregimos con bisturí y dolor cualquier rasgo que escape al molde impuesto. Vivimos rodeados de ídolos inalcanzables que solo sirven para recordarnos lo que, supuestamente, nos falta para ser suficientes.

    Estoy convencida de que los sistemas político y educativo actuales están mandados a recoger. La democracia, en su esencia original, funcionaba en la polis independiente donde cada ciudadano participaba por voluntad propia; hoy, esa imagen es un espejismo. No veo la necesidad de seguir entregando nuestro poder a otros, de desconfiar de nuestra propia intuición para depositarla en el que “supuestamente sabe”. Es hora de devolverle el poder al individuo, pues quienes ostentan el conocimiento ya nos han demostrado que suelen perseguir sus propios intereses, arrastrados por partidos que no son más que monarquías o feudalismos disfrazados de libertad. Resulta irónico, y casi trágico, que en una era con herramientas tecnológicas sin precedentes para ser libres, sigamos aferrados a las cadenas de unas instituciones que solo saben perpetuar el pasado.

    En medio de esa búsqueda por entender cómo integrar mi mundo interno con el ruido exterior, me topé con las ideas de Matías De Stefano y su concepto de Ontocracia Evolutiva. Fue como encontrar la pieza que le faltaba al rompecabezas. Matías propone un “gobierno del ser” (ontos: ser, kratos: poder), donde la organización social no nace de la imposición de un líder, sino de la soberanía y el autogobierno de cada individuo. Entendí que, así como en un cuerpo sano cada célula sabe lo que debe hacer sin que nadie la obligue, nosotros podemos transitar hacia un sistema biológico y orgánico. La Ontocracia me enseñó que la verdadera política no es partir a la sociedad en bandos, sino reconocer que somos parte de un mismo organismo vivo donde el único poder real es el que ejercemos sobre nuestra propia conciencia.

    Mencioné anteriormente el sistema educativo porque me parece necesaria una educación que nos enseñe a pensar por nosotros mismos; sin embargo, un cambio en la educación es imposible si no transformamos también el corazón del sistema: la economía. En este organismo social que habitamos, la economía es el motor que bombea la energía y los recursos; si ese corazón sigue programado para la escasez y la competencia, la educación seguirá limitada a formar trabajadores y no seres humanos. Necesitamos una pedagogía que nos enseñe a conectar con nuestras afinidades, permitiendo que cada uno aporte al conjunto desde sus talentos únicos. Es demasiado sencillo habitar un sistema fallido y culpar al gobierno, pero el verdadero reto es asumir la responsabilidad de nuestro propio paradigma. Para cambiar la política hay que sanar el corazón económico y reeducar la mirada, aprendiendo, finalmente, el arte de consensuar y dialogar.

    Me llena de esperanza ver cómo las nuevas generaciones están despertando, reemplazando el escepticismo por una acción colectiva y digital que no pide permiso para existir. Yo me uno a estas transformaciones de la única manera en que puedo y que dicta mi autogobierno: escribiendo canciones, haciendo música y llevándola al público. Entiendo que mi arte es mi campo de batalla y mi forma de sembrar esa conciencia del ser; es mi aporte a ese nuevo organismo vivo que ya está naciendo. Y por supuesto, lo hago desde el respeto absoluto hacia quienes piensan distinto. En la mesa y en el chat familiar, me propongo ser tolerante; prefiero no hablar más de política, sino demostrar con mi presencia, mi cariño y mi servicio que mi verdadera elección es construir, desde mi propio ser, el mundo en el que quiero vivir.

  • Historia del Tiple

    Historia del Tiple

    El tiple es un instrumento de cuerda que se ha acogido como una creación autóctona de Colombia, a pesar de que tiene su origen en España se mantiene como el instrumento típico colombiano.

    Son abundantes las teorías sobre el origen del tiple y con respecto a ello existe bibliografía abundante que por desgracia es de difícil acceso. Este instrumento ha sufrido una evolución de más de tres siglos, y su transformación ha sido expuesta basada principalmente en especulaciones y conjeturas ya que no se ha tenido en cuenta la organización y el registro de estos cambios.

    David Puerta (1988), niega la posibilidad de que el tiple sea originario de Colombia y propone que es descendiente de otros instrumentos traídos a nuestra tierra por los europeos.

    “Puesto que en América precolombina no existió entre las tribus indígenas ningún instrumento de cuerda, distinto de la timbirimba y las demás variedades del arco de boca, podía de antemano descartarse cualquier posibilidad de origen del tiple como consecuencia del desarrollo de instrumentos nativos. Así pues, había que buscar su génesis entre los instrumentos traídos por los conquistadores europeos.” (p. 24)

    El laúd, la vihuela y la guitarra son los cordófonos más populares en España a comienzos del siglo XVI, periodo en el cual se presentan las conquistas españolas. “Del laúd, la vihuela y la guitarra se derivan, sin género de duda, todos los demás que sirvieron al quehacer artístico en nuestro país”. Puerta (1988)

    En 1849 el periodista José Caicedo Rojas propone que el tiple es una “degeneración grosera” de la guitarra española, más tarde en 1923 el músico Guillermo Uribe Holguín acepta esta teoría y añade: “Si la misma guitarra no ha logrado conservar puesto de honor en la ejecución de la música seria y su uso, salvo raros casos está restringida a acompañamiento de música popular, ¿a quién le podría ocurrir proponer el empleo del tiple en obras efectivamente artísticas?”.

    El musicólogo Guillermo Abadía Morales sugiere en 1973 varias alternativas a partir de las cuales se explica la hipótesis del tiple como adaptación de la guitarra, una de ellas expone que “si al llegar la guitarra a América… tenía cinco órdenes dobles, pudo perder entre nosotros el orden grave y triplicar los restantes”. A esta sospecha la complementa la creencia de que el antiguo tiple antioqueño estaba conformado también por cinco órdenes como plantea el historiador y escritor Antonio José Restrepo, pero esta convicción también ha sido bastante refutada.

    En 1954, el historiador Guillermo Hernández de Alba expone la existencia del timple en las Islas Canarias, el cual también posee la función de acompañamiento, así sugiere que nuestro tiple es una evolución del timple canario. Después en 1978 el investigador y compositor Miguel Ángel Martín apoya esta creencia.

    A principios de los años 60 el musicólogo Andrés Pardo Tovar y el compositor Jesús Bermúdez Silva siguieren que la invención del tiple se dio en nuestro país en el siglo XIX o antes, sin embargo también hacen posible su origen en la chitarra battente. Este es un instrumento propio de Italia de la familia del laúd que posee cuatro órdenes con cuerdas de acero.

    Se sabe bien que el tiple, o más bien, sus antecesores llegaron a nuestro territorio con los conquistadores europeos, es decir, a comienzos del siglo XVI pero no se conoce con exactitud el momento en el que ocurrieron los hechos, y tampoco se sabe cuándo dejó de transformarse el tiple, cuándo llegó a ser lo que conocemos hoy. Algunas cosas han sido registradas al respecto, por ejemplo, en la cúpula de la iglesia de San Ignacio en Bogotá el pintor neogranadino Gregorio Vásquez Ceballos plasmó allí ángeles con instrumentos de cuerda, se ha señalada que estos instrumentos son tiples y ya que la pintura fue hecha en 1686, es indispensable que el tiple haya llegado antes, hubiera pasado por algunas transformaciones y hubiera adquirido la importancia necesaria para quedar allí grabado. Por otra parte, el historiador Pbro. José Ignacio Perdomo, cita una antigua frase jesuita para suponer que, hacia 1680, se expendían en las tiendas de Tópaga, Boyacá, “guitarras y tiples para multiplicar la alegría de las gentes buenas”.

    La palabra Tiple se menciona por primera vez en la literatura en 1754, en el método de Pablo Minguet, posteriormente aparece el método de Andrés de Sotos en 1764 que dispone, recopila y aumenta el método para guitarra de cinco órdenes de Juan Carlos Amat. Pero es en 1746 que se menciona en nuestro territorio por primera vez la palabra tiple para designar un instrumento de cuerda, en ese año se hicieron varios festejos en Popayán por la coronación del rey Fernando VI de Borbón, en los expedientes se cuenta que “hubo mascaradas de indios, con instrumentos músicos proporcionados a sus estaturas de guitarras, tiples, flautas y otros varios”. En 1791 queda inscrito que los tiples también formaban parte de los conjuntos musicales que celebraban la noche buena con bambucos y fandangos.

    A partir de mediados del siglo XVII los vocablos vihuela y guitarra se utilizan para designar el mismo instrumento: la guitarra, con número de órdenes variable. Cuando se mencionan los grupos instrumentales propios de cada región, nunca aparecen en un mismo contexto la guitarra y la vihuela, pues ambos términos se refieren a lo mismo. Los instrumentos pequeños también se llamaban vihuelas y a veces toman el nombre de discantes, cuando este término deja de usarse, empiezan a llamarse tiples según el nombre inventado por los españoles.

    David Puerta concluye:

    “De acuerdo con todo lo expuesto, el origen del tiple colombiano actual se encuentra en la guitarra de los años de la Conquista, proyectada en el tiempo hasta la era republicana del siglo diecinueve… O sea que durante todo el periodo colonial esas guitarras permanecieron en el corazón del pueblo, sin modificaciones ni eclipses. Cambiaron los nombres, no las especificaciones instrumentales… Es pues, un problema de semántica, no de musicología, el que ha oscurecido hasta ahora la investigación”. (p. 120)

    Antes de los años 1900 el tiple constaba de cuatro órdenes dobles, con la llegada del nuevo siglo el segundo y tercer orden se triplicó, las doce cuerdas se impusieron en la segunda década del siglo. Por último se cambiaron las clavijas de madera por clavijas mecánicas y a partir de ahí el tiple no sufre más transformaciones externas aunque se siguió y se sigue trabajando en la experimentación de maderas, lacas, barnices, separación de los trastes; todo con el fin de conseguir una mejor sonoridad y afinación.

    Conclusiones personales

    A partir de esta investigación se hace claro que la historia del tiple está colmada de pequeños detalles que cada vez crean mayor duda entre los estudiosos de este instrumento, tal vez ha sido mayor la cantidad de suposiciones e hipótesis en torno a esta extensa evolución, pero resulta asombroso conocer estudios tan detallados, tan precisos y descriptivos de esta historia que resulta siendo también nuestra.

    Ahora el tiple se ha consolidado, al menos externamente, pero su técnica y su participación en la música se diversifican cada vez más. Siempre se genera polémica en cuanto a él ya que no ha podido darse una integración, una homogeneidad con respecto a él y a su método en todas las regiones del país. No considero que eso represente un problema, no hay nada de malo en la diversidad que envuelve a nuestro instrumento, no es mejor ni peor aprender a tocar tiple en una academia o por empirismo.

    La historia se sigue construyendo y puede verse un poco de esperanza en el horizonte, cada vez son más los jóvenes que descubren el tiple y que le dan a él la prioridad en sus vidas, son más los experimentos, es más amplio su uso y su participación en otras músicas no tan tradicionales e incluso se transforma y se juega con su morfología, hecho que es inevitable. Es imposible evitar estos cambios, pausar el desarrollo de músicas e instrumentos nuevos, detener el progreso tecnológico y modificar los intereses de la sociedad de consumo, pero frente a todo ello, ni el tiple, ni nuestra música debería preocuparse, son muchos retos, pero se está demostrando fuertemente la riqueza, la belleza y la versatilidad que estos poseen.

    REFERENCIAS

    Parra Olarte, Jesús Martín. (2011). Confidencias del Tiple. Bucaramanga: Sic Editorial.

    Pérez Álvarez, Jesús Elkin. (1996). Método de Tiple: acompañante, melódico, solista. Medellín: Alcaldía de Medellín.

    Puerta Zuluaga, David. (1988). Los caminos del Tiple. Bogotá: Ediciones AMP.